Introducción



Trayectos

Estuve viajando a lo largo de toda la semana yendo a parar unos días a Santiago de Compostela.

Viajar forma parte de mi trabajo. Muy probablemente, viajar, forma parte del trabajo de mucha gente. Si te toca viajar esporádicamente el hecho se convierte en acontecimiento. Para los más pesimistas en contratiempo.

En cambio, si es muy habitual, apenas reparas en los detalles del viaje. A no ser que ese “detalle” condicione notoriamente el viaje: Un grave retraso, la sorpresa de encontrarte con alguien conocido en un autobús, avión…

Esta semana que te comento, viajé en todo: Mi coche, el coche de otro, bus, metro, aviones… y taxis. Muchos taxis. Estoy repasando mentalmente y me subí a unos siete u ocho taxis.

Si eres habitual usuario de taxi sabrás que hay tantos taxis como taxistas. De hecho, hay más taxistas que taxis: Hay vehículos llevados por un par de ellos en turnos.

Aún así, podríamos agruparlos en dos grandes cajones: Los que no hablan y los que no callan. Pero si te quedas con eso, no repararás en los detalles. Y entonces te pierdes los acontecimientos. Quedando sólo los contratiempos.

taxi1

- ¡Buenas noches! ¿A donde vamos? Me dijo con una sonrisa que llamó mi atención. –Al Gran Hotel Santiago, por favor. Le contesté. -Y gracias por regalarme esta sonrisa a esta hora ya del día, añadí.

-Mire, sólo tengo dos momentos importantes para hacerlo: Cuando pregunto a donde vamos y cuando nos despedimos y le deseo que pase un buen día. ¡O una buena noche! Me añadió con un je je je un poco socarrón. -El resto del trayecto procuro dejar que el pasajero tenga su espacio.

-Pues a mi me gusta agradecer una sonrisa siempre que reparo en ella. Le dije.

Estaba yo pensando en la pregunta que me hizo y en como la hizo: ¿A donde vamos? Porque siempre he tenido dudas sobre quién lleva a quién cuando voy en taxi. Cuando interrumpió mis pensamientos: -Pero hoy es fácil sonreír, he tenido un día especial.

-¿Y eso? Le pregunté casi automáticamente. Más que por curiosidad, porque aprecié sus ganas de contarlo. Y lo hizo.

-Ayer se subió una mujer precisamente aquí, en el aeropuerto. Me dijo a donde quería ir sin dejar de hablar por el móvil. No hacía falta ser muy listo para apreciar la tensión de esa llamada. Sin poder evitarlo, me di cuenta que hablaba con su pareja:       

–Vale, pues no nos veremos, como quieras. Después de unos instantes y unos reproches, colgó.

A pesar de que ni la miré por el retrovisor, no pude evitar oír como ella empezaba a llorar intentando no hacer ruido.

Llevo toda la vida hablando con extraños sin mirarles a la cara. En el fondo creo que eso les hace sentir cómodos: El habitáculo de un taxi es un espacio demasiado pequeño para dos desconocidos.

Así que, sin pensarlo, empecé a hablar sabiendo que eso la sorprendería tanto que no me mandaría callar:

–El otro día mi hija me regaló una corbata. Ja ja ja ja ja ja hace años que me regala corbatas. Y eso que sabe que desde que hizo su primera comunión no me pongo ninguna, ja ja ja ja. Tiene más o menos su edad. Vive en Barcelona. Se llama María. Cualquiera podría pensar que regalarme una corbata a mí es la demostración que la relación entre mi hija y yo es casi inexistente. Pero es que ese regalo ya se ha convertido en un símbolo.

Durante un tiempo fue así, ella tenía sus problemas y no quería agobiarnos a su madre y a mi con ellos. Venía poco a vernos. En una de esas pocas ocasiones la vine a buscar aquí, al aeropuerto. Durante el trayecto no pudo más y me lo contó. Seguramente por lo que le digo: aquí, en el taxi, creo que soy capaz de hacer que la gente se encuentre cómoda. Y estando ahí sentada, donde está usted ahora, tuvimos una conversación entre padre e hija. A veces, la mayoría de las veces, la gente no quiere consejos. A veces, la gente sabe perfectamente lo que le conviene. Pero no se atreve a planteárselo. Para estas ocasiones lo que sirve es lo que llamamos pensar en voz alta. ¡Siempre que alguien te escuche y no parecer que estas loco! Ja ja ja ja ja. Después, mi hija y yo, nos fuimos a tomar un chocolate a la taza y nunca más volvimos a hablar del tema. Ese día fue el primero que me regaló una corbata. Ya sabe, quizá decidió que su destinatario no la merecía.

Estamos llegando. Mire, en esa parada estaré yo mañana por si quiere que la vuelva a llevar al aeropuerto. Y fíjese, ahí, es donde tomamos ese chocolate mi hija y yo. ¡Y lo hacemos desde entonces cada vez que viene!

Esta mañana estaba en la parada. Oigo que abren la puerta y, al girarme con mi sonrisa de bienvenida, veo a esa chica que, sonriente también, entra en el taxi. Yo ya sabía el destino, pero se lo pregunté para no incomodarla: -¿A donde vamos?. -Al aeropuerto, a casa.

Durante el trayecto, no le pregunté acerca del día anterior. Ni por si había ido a tomar ese chocolate. Solamente hablamos de los horarios, los retrasos y sobre si íbamos o no bien de tiempo. También me dijo que se llamaba Margarita.

Al llegar a la terminal me giré con mi sonrisa de despedida diciéndole: –Son 18 euros señorita. Pero apenas la vi salir del coche. Había dejado en el asiento un billete de 20 euros y un paquete. No pude evitar sonreír al comprobar que en el paquete había una corbata y una nota que decía: “Para el padre de María”.

¿Ve como hoy es fácil sonreír?

corbata

-Depende, le contesté yo impregnándome ya del espíritu gallego.

Esa respuesta mía, estando en Galicia, imagino que no le sorprendió. Sin embargo, durante unos instantes se hizo un silencio. De hecho, a pesar de que el taxista hablaba como una ametralladora, yo me había hecho con la historia. Empaticé incluso con Margarita. La vi debatirse entre el famoso me quiere-no me quiere o el si-no-si-no-si que acompaña siempre la imagen de esa flor. Me intrigó el no saber exactamente que la ayudó: Si era el haber llegado a tomar ese chocolate. O era el haberse cruzado un extraño que la supo tratar con delicadeza. Supongo que esto último. De ahí esa muestra de agradecimiento en forma de regalo.

-Depende de como le haya explicado a su mujer todo esto, Insistí. -Este mediodía aparece usted… ¡con una corbata de regalo! le dije riéndome. Él, entre risas también me contestó: Es que esa…, …esa es ya otra historia y ya hemos llegado a su hotel.

Trayectos. Si la vida es un camino, este camino no tendría sentido sin que la vivamos trayecto a trayecto. Este es un viaje, compuesto de innumerables trayectos.

Se debe vivir haciendo de cada trayecto algo memorable. Difícil, sí. Yo intento, al menos, no pasar desapercibido para los que me acompañan en cada uno de ellos. Intento también que nadie me pase desapercibido tampoco. Eso se hace cuidando los detalles. Esos que convierten el viaje en algo lleno de acontecimientos.

Me alegro de que, en ese trayecto, me encontrase un ángel en forma de taxista. Sólo tuve que estar atento. No importa quién lleva a quién en cada uno de los trayectos. Todos podemos ser un ángel.

Espero que siempre, en cada trayecto, te acompañe un ángel. Sólo hay que atender a los detalles. Y podrás verle las alas. Entonces todo lo que ocurra será un acontecimiento.

Te abrazo.